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Una historia enrevesada

El silencio se apoderó del rellano, la escalera y hasta de los locales del edificio. Sólo el olor a metralla dejaba claro que aquélla no era una mañana cualquiera.

—¿Qué ha ocurrido? —se atrevió a preguntar alguien al llegar a la quinta planta.

No hubo más respuesta que un dedo señalando la puerta, abierta a tiros, a lo que respondió con un grito ahogado. Un agente de policía se asomó desde el vestíbulo y miró con gravedad a los curiosos quienes, pese a las advertencias, habían permanecido allí. Finalmente el funcionario fue tajante:

—No abandonar el escenario del crimen es un delito de obstrucción.

Los presentes dieron un respingo y comenzaron a bajar por la escalera. Lo hicieron en silencio, como si hablar de lo que habían visto también fuera ilegal.

Cuando llegaron al segundo piso uno de ellos sacó sus llaves, que tintinearon con el temblor de su mano.

—Entrad. Prepararé tila para calmarnos.

Se acomodaron en el salón, silencioso hacía sólo unos segundos y ahora con un bullicio tal que parecía impropio de tres personas. El anfitrión, don Nicolás, un taxista jubilado que invitaba a su vivienda a todo el que quisiera contarle un cotilleo, abandonó la estancia rumbo a la cocina y los otros dos continuaron la conversación.

—¿Usted vio cuántos agujeros de bala había en la puerta? —preguntó doña Asunción.
—No pude contarlos, pero seguro que más de mil. Si no, no entiendo cómo pudieron partirla.

Doña Asunción era una mujer viuda y jubilada. Estaba acostumbrada a una vejez sin más novedad que el regreso de su hijo, nuera y nietos de Francia por Navidades. Jamás lo habría reconocido, pero sucesos como éste daban algo de color a su rutina. Su interlocutor, don Bernardo, también estaba jubilado. Su horizonte vital era ganar todas las partidas de dominó que pudiera antes de que llegara la parca, como acostumbraba a decir.

—Olía a petardo.
—Pólvora, doña Asunción. Cuando un rifle dispara suelta pólvora. —Hizo el gesto de apuntar con la mirilla y disparar con una escopeta.
—¿Y habrán muertos? —preguntó llevándose una mano al rosario del cuello.

En ese momento entró don Nicolás portando una bandeja de madera con tres tazas humeantes y un azucarero.

—Tila con frutos del bosque —anunció. Sirvió una taza a cada invitado y acercó el azucarero al centro de la mesa. A continuación se integró en la conversación—: Si dispararon imagino que era porque querían matar a alguien.
—Ay, Madre del Amor hermoso.
—Pero, ¿por qué? —preguntó don Bernardo negando con la cabeza—. Si esa familia era modélica.
—Bueno, digamos «es modélica» —convino doña Asunción tras dar un sorbo a la tila—. Puede que estén vivos.
—Desde la puerta me pareció ver sangre en la pared del pasillo —confesó don Nicolás.

Don Bernardo alzó las cejas y se incorporó.

—¿Mucha?
—Sí, mucha. Como si hubieran arrojado un cubo.
—Habrán acertado a alguno en la cabeza. —Don Bernardo agachó la cabeza y compungió el gesto.

Doña Asunción contemplaba en silencio y con los ojos muy abiertos aquella conversación. Parecía escandalizada por la escatología de don Nicolás y la frialdad de don Bernardo, pero jamás confesaría que, pese a lo luctuoso de aquel suceso, estaba expectante con ser el centro de atención en el centro de mayores cuando acudiera por la tarde.

—Nunca sabremos quién ha sido —presagió don Bernardo y, a continuación, bebió de la taza.
—¿Por qué?
—Porque sería un escándalo. Imagínese que haya sido una banda organizada: en una semana nos habremos marchado todos. Y si ha sido un ajuste de cuentas por drogas o algo así, ¿quién se va a fiar de los buenos vecinos, si al final pueden ser traficantes o puteros?

—¡Ay, don Bernardo! —protestó doña Asunción.

El aludido aguantó una breve risa y se afligió de nuevo.

—Pero algo dirán, ¿no? No pueden dejar esto sin resolver porque las balas no se disparan así como así.
—No, claro. —Don Bernardo se arregló el cuello de la camisa y empezó a gesticular como si estuviera siendo entrevistado—. Dirán algo, pero no lo que ocurrió, sino lo que quieren que creamos que ha ocurrido. A lo mejor hoy sale esto en las noticias, pero ya no sabremos más hasta dentro de unos meses, cuando nos hayamos olvidado. —Tomó un sorbo de tila y prosiguió—: Buscarán un chivo expiatorio al que le inventarán una trama creíble y poco alarmante pero con lagunas y, como ya no será noticia, nadie se preocupará y seguiremos haciendo vida como si nada.
—Bien le gusta a usted una historia enrevesada —se burló doña Asunción.

Don Bernardo iba a contestar cuando sonó el timbre. El anfitrión se levantó y los dos invitados lo siguieron. Al abrir la puerta apareció doña Teófila.

—Tiene mala cara —advirtió don Nicolás—. ¿Qué ha sucedido?
—Ay, ay, ay. —Doña Teófila entró trastabillando y con una mano en la frente. Entre los dos hombres la asieron por los brazos y la llevaron a su sofá, donde la recostaron.
—¿Qué sucede? —preguntó doña Asunción, tomándole la mano.
—¡Los retratos!

Los tres se miraron entre ellos.

—¿Qué retratos?
—¡Los retratos! ¡La basura! —dijo antes de caer desmayada.

~

—El pulso es bueno. Sólo ha sido un desmayo. —El médico volvió a auscultarla y a mirar su pupila. —¿Cómo te llamas?
—¡A las personas mayores se les trata de usted! —contestó de forma enérgica.
—Disculpe. Sólo quería que me dijera su nombre.
—Teófila. Y que sea la última vez que se toma esas confianzas.

Don Bernardo intervino:

—Los doctores hacen eso para no parecer tan severos. Cuando alguien se desmaya pierde la noción de quién es y de su edad, y tratarle de tú hace que reaccione mejor.

El médico lo miró con incredulidad.

—No le haga caso, doctor —aconsejó doña Asunción—. Le gustan mucho las historias enrevesadas.
—En realidad lo que dice es cierto. —El médico recogió el material—. Bueno, yo ya he acabado aquí. Si hubiera algún otro problema llamen de nuevo al centro de salud.

Doña Asunción se quedó al cuidado de Doña Teófila mientras los dos hombres acompañaban al médico a la puerta. A continuación regresaron.

—¿Qué ocurrió, doña Teófila? —preguntó el anfitrión.
—¿Qué ocurrió dónde?
—Los retratos…

La mujer lo miró con extrañeza y encogió los hombros. Don Nicolás insistió:

—Sí, los retratos. Usted llegó aquí hecha un manojo de nervios y hablando de unos retratos y una basura.

De pronto doña Teófila recobró la memoria.

—¡Ah, sí, los retratos! —exclamó llevándose una mano a la cabeza—. Había en la basura unos retratos. Eran como de una…
—¿…boda? —preguntó don Bernardo.
—Sí… Y estaban por fuera de la…
—…basura.
—Eso es —contestó, con la voz temblorosa y los ojos muy abiertos—. Y escuché a un agente decir que era una…
—…seña de identidad de una mafia.
—¡Don Bernardo! —le increpó don Nicolás.
—Es… es cierto —confirmó doña Teófila.

Doña Asunción y don Nicolás miraron a don Bernardo con una mezcla de expectación y miedo.

—Es una forma de escarmiento. Al parecer depositan fotografías familiares de gran valor sentimental en la calle, a la vista de todos, como humillación. De ese modo no sólo matan a sus enemigos sino que todo el barrio se entera de quiénes han muerto y quiénes los han matado.
—¡Don Bernardo! —gritó doña Asunción—. ¡Bien le gusta una historia enrevesada!

~

El avión alabeó de forma súbita a la derecha y una voz metálica anunció, primero en ruso y luego en inglés, que en breves instantes aterrizarían en el aeropuerto de Domodédovo, en Moscú.

—Papá, ¿de verdad que no vamos a volver?
—Quizás en un futuro, cuando vuelvan a trasladarme.
—Pero, mis amigos…
—Harás nuevos amigos, ya lo verás.

Le acarició la cabeza, aprovechando para despeinarlo, como solía hacer cuando jugaba con él. Con la otra mano tomaba la de su esposa, a quien susurró al oído:

—Gracias de nuevo. Con el tiempo entenderás que era la única opción.

Ella no contestó, pero su mirada bastó para que entendiera que le daba otra oportunidad, pero que no habría más.

Era tal la fe que mantenía en él que aceptó irse de aquel piso, en el que habían hecho su vida, sin siquiera poder empaquetar los recuerdos más básicos. Más valía, eso sí, que la mudanza mereciera de verdad la pena.

Él, sin embargo, no confesaría la verdad. Ni las amenazas de muerte, ni las fotos que habían tomado a su familia, ni tampoco el encargo de que el asalto simulado a su vivienda fuera lo más realista posible. Tenía que parecer que estaban muertos.

Su móvil vibró justo un segundo antes de desconectar la WiFi. Era un mensaje de correo electrónico. Lo abrió con disimulo y vio, con sus propios ojos, el estado en que había quedado el piso: puertas y muebles destrozados, balazos por doquier, salpicaduras de sangre falsa e incluso algún pequeño trozo de víscera animal.

«Buen trabajo», pensó. «Ya estoy muerto para ellos. Ahora podré vivir».

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