Volver y no volver

Volví de mi ostracismo
lejano, interior, centralista
y al besar tu suelo
no sabías a tu inocencia de siempre.
Sabías a hollín, a hormigón,
a corbata,
a sucio papel moneda.

Corrí a tu playa:
los granos de arena eran hoteles
los charcos, puertos deportivos
y corrí a la ladera
su verde era gris
sus cuevas eran ventanas
sus pinos eran antenas
sus pinzones, aire acondicionado.

Y subí al Teide
y del cráter brotaba magma
dorado
y criptocenizas
y una tonga de turistas
sacaban fotos con Polaroids
que imprimían la imagen
en los papeles que parió
el último pino.

Y corrí de vuelta al aeropuerto
con mi equipaje lleno de rabia
y se lo tiré y grité
maldiciones a la niebla
que no apareció el día que me fui
ni el día que volví a esta tierra
que me niego a conocer.

Los vértices del tiempo

El pasado es un adiós
batido en la palma de una mano.
Se va alejando
mientras el presente se estremece
sobre las traviesas de la realidad.

Un aroma
se diluye en los pliegues de la lengua.
El hollín de madurez
se amalgama en los pulmones.

Una sombra se mezcla con la noche
de los sueños no nacidos.
Sus ojos me vigilan
en los vértices del tiempo.

Una grieta socava los cimientos del destino,
colapsa los intentos,
diluye pretensiones,
atomiza la esperanza en mil pavesas;

no queman
pero pican
cuando se posan, aún templadas
sobre la piel de algún recuerdo.

Esperando que llueva en Torre Pacheco

Hace tiempo que la lluvia escampó
y las calles tienen polvo de nuevo.
Por si fuera poco, debe haber huelga
el servicio de limpieza:
las manos siguen manchadas de sangre,
las fachadas tienen el rímel corrido
y en los contenedores se desborda el odio.

Hace tiempo que la lluvia escampó
y por las polvorientas lindes
vienen jaurías con sed
de una venganza hueca, virtual,
y con lentes podridas que disimulan
el color de la piel y de la lengua.
Por las esquinas arden ecos
cómodamente lejanos
con la llama lista y la pólvora en camino.

Hace tiempo que la lluvia escampó.
El calor ya se arde a sí mismo
y la tierra resbala hacia la arena
y a lo lejos, más allá de San Antonio,
de la plaza del alcalde, del molino de la ermita,
más allá de los invernaderos,
el viento, mientras busca la lluvia,
susurra con mesura el nombre de El Ejido
a quien quiera escucharle.

Hace tiempo que la lluvia escampó
en el cielo de Torre Pacheco.
Mientras vuelve, mantengo abierto el paraguas
para protegerme
de la mierda verbal que arrecia por momentos.