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Mis últimos instantes de cordura

Estoy en el suelo, aturdida, desorientada. Me duele todo el cuerpo. Tengo la sensación de haberme despertado de pronto, pero no recuerdo cuando me acosté. El suelo está húmedo, y por el tacto con la palma de mi mano descubro que también está pringoso.

No consigo ver nada. Abro los ojos con todas mis fuerzas, miro a un lado y a otro en busca de algún punto de luz, pero por mis córneas sólo penetra la oscuridad.

Mis músculos parecen agarrotados, y me cuesta un mundo enderezar mi espalda hasta quedar sentada. Apoyo la espalda en la pared rugosa, una de cuyas protuberancias me produce una punzada en la espalda. El acto reflejo hace que dé un pequeño brinco y me separe de ella. Me llevo la mano al punto de dolor y deduzco que ha sido sólo un pinchazo, pero al tacto con la camiseta noto la tela con un tacto terroso. Me palpo entonces por delante y también siento esa textura sucia y reseca.

Antes siquiera de intentar buscarle sentido a ello noto una palpitación en la sien que me recorre todo el cráneo. El dolor me vence y tengo que encogerme entre mis rodillas hasta que se me pasa. Me llevo una mano a la sien y un calambre anuncia la presencia de un chichón.

A oscuras, llena de tierra y encerrada en un lugar mohoso. Me rindo y desisto de buscar la lógica al hecho de estar en este sitio. El cómo llegué aquí lo averiguaré tarde o temprano; ahora lo que quiero saber es dónde estoy. Podría estar en un zulo, lo que explicaría la oscuridad. Una brisa tibia me acaricia la cara, lo que me hace pensar que quizá esté a la intemperie. ¡A la intemperie! ¿Me habré quedado ciega?

Empiezo a respirar agitadamente por la boca. No, no puede estar pasando. ¿Qué me habría llevado a estar ciega, si hasta hace un momento…? Me viene un flash: había salido de fiesta con mis amigas. ¿Eso fue hace unas horas o hace varios años? Caminar siempre me ha ayudado a discurrir mejor, así que trato de levantarme, pero apenas consigo erguirme, ayudada por la pared de hormigón, un súbito mareo me hace caer de espaldas al suelo, aunque consigo amortiguar la caída.

Me quedo otra vez sentada y entonces reparo en un rastro tibio que me surca los labios. Dudo por un instante, pero el instinto acaba por vencer al raciocinio y sorbo un poco de aquel líquido, que escupo al instante. Es sangre. No comprendo de dónde viene, así que me llevo la mano a la cara, y nada más rozar la nariz un calambre me recorre toda la cara. Un grito de dolor mana de lo más profundo de mi garganta y, al salir, retumba durante varios segundos.

Después de unos minutos, o segundos, u horas, consigo calmar el dolor y me dispongo a cortar la hemorragia. Palpo en mis bolsillos y encuentro un pañuelo húmedo y algo pegajoso, pero en ausencia de algo mejor tengo que conformarme con eso. Me lo llevo a la nariz con cuidado y, mientras presiono con mucha delicadeza, percibo un olor entre dulzón y acre que no logro identificar.

Con el manantial de sangre controlado me dispongo a identificar aquel lugar. Aún sostengo el pañuelo contra mi nariz, así que la mano que tengo libre se aferra al muro de hormigón y me ayudo a levantarme. Casi de pie me llega un estornudo tan repentino que no puedo hacer nada por reducir la presión, de modo que noto como mis fosas nasales estallan al paso de un huracán de mocos, sangre y coágulos que siento estrellarse contra mi camiseta.

El dolor traspasa la región frontal de mi cara y agarrota la mitad superior de mi cuerpo. Mi garganta se colapsa y el grito desgarrador que debería emitir suena como un silbido, que poco a poco se intercalan con mis sollozos.

No sé en qué instante recuperé la tranquilidad, ni por qué. Mi cuerpo está en tensión, así que podría ser simple sugestión de mi subconsciente. Cuando me doy cuenta estoy de pie, luchando contra un mareo que amenaza con tambalearme, y consigo dar un primer paso. En ese momento me parece escuchar una voz que dice «no te detengas». Es masculina y joven. Y retumba. Sigo dando pequeños pasos, mientras trato de no pensar en aquel sonido. Deduzco que la exposición a tanto dolor me está haciendo sentir alucinaciones, pero de pronto escucho un «¿Me has oído?».

―¿Quién anda ahí? ―pregunto sin obtener ninguna respuesta.

Repito la pregunta un par de veces más, incluso luchando contra el eco que me viene de vuelta, pero desisto de esperar una contestación y reanudo la marcha a la poca velocidad que puedo alcanzar. Al tacto con mi mano descubro que la pared alterna áreas de hormigón basto con algo que parecen ladrillos o adoquines. Convencida de estar encerrada en algún sitio, trato de contar los metros que voy recorriendo. A los pocos minutos, y debido a la necesidad que tengo de detenerme cada poco para recuperar fuerzas, pierdo la cuenta de la distancia que he recorrido.

De pronto la pared se termina. La pérdida de mi referencia me hace dudar por un momento, pero el esfuerzo que he hecho ha sido tan grande que me da pereza volver en la dirección contraria. Trato de palpar con el pie lo que me espera en el siguiente paso y descubro que el suelo también se acaba. En mi mente se dibuja un precipicio y el vértigo hace que pierda el equilibrio y caiga hacia la derecha, con tan mala suerte que me raspo el brazo contra la pared.

¡Pared! ¡La pared hace esquina! A trompicones me incorporo y me decido a continuar la expedición. A lo lejos me parece percibir un tenue resplandor, y a medida que me acerco deduzco que es un hilo de luz que proviene de arriba. Después de unos interminables instantes estoy a punto de llegar hasta su altura cuando escucho un crujido detrás de mí. Alarmada, me doy la vuelta y distingo dos ojos brillantes en la oscuridad. Quietos. Observándome.

―¿Quién eres? ―grito con la vana esperanza de obtener una respuesta.
―¡No te detengas! ―retumba de nuevo aquella voz masculina.

Miro con detenimiento aquellos ojos. De pronto empiezan a moverse hacia mí y un escalofrío de miedo me recorre todo el espinazo, pero por más que lo intento, mi cuerpo se queda paralizado.

«¡Sigue caminando!», grita de nuevo aquella voz, lo que me hace dar un brinco y echar a correr para escapar de aquellos ojos brillantes. Mientras huyo, a mi espalda escucho un bufido alejarse, y cuando caigo en la cuenta de que estoy corriendo sin guiarme por la pared siento que el suelo desaparece bajo mi pie izquierdo y caigo al vacío.

Tengo la sensación de que ya he vivido esta caída. Estoy forcejeando, las farolas de la calle se balancean a mi alrededor, me sostienen no sé cuántas manos que, de pronto me sueltan y me dejan caer.

El golpe me devuelve a la realidad. He aterrizado, después de dar varios tumbos, en un pequeño canal de agua. El lento caudal arrastra sólidos de distinta dureza que chocan contra mi cara, una de las cuales, de textura babosa, se me engancha en el labio. Me pongo de rodillas, me lo quito con rapidez y, al sentir el tacto y su olor, no puedo reprimir la arcada y empiezo a vomitar. Caigo en la cuenta entonces de que todo el vómito es arrastrado por el agua hasta mis pantalones.

Me muevo a un lado hasta dar con el extremo de aquel canal y salgo. Me siento en el suelo con las piernas estiradas y, por fin, consigo un momento de relajación en aquella postura, lo que aprovecho para reordenar mis recuerdos y tratar de comprender qué estoy haciendo aquí. El dolor de cabeza… La nariz rota… Las manos que me sujetaban… La caída…

Mis cavilaciones se ven interrumpidas por un cosquilleo en la mano. Tardo en reaccionar, y para cuando quiero hacerlo ya me recorre el interior de la manga, mientras la sensación se repite en la otra mano. Me levanto de un salto y me agito; en ese momento los cosquilleos desaparecen, acompañados de un crepitar que se aleja. Mis chillidos y pataleos han servido para expulsar aquellas inmundicias andantes.

«¿Aún sigues ahí?», vuelve a retumbar. Contengo la respiración al recordar que esa voz no es desconocida, que ya la había escuchado antes de este episodio. De pronto siento de nuevo el cosquilleo que se había adentrado en la manga, y que ya estaba llegando a la altura del hombro. Sin reflexionar salgo corriendo a la vez que me doy manotazos en donde siento las cosquillas hasta que noto como estalla y reparte un líquido grumoso por mi piel. Me detengo otra vez con arcadas y vomito lo poco que queda en mi estómago.

Consigo calmarme y me quito la camiseta para limpiar los restos de mi hombro. Noto cómo mis pechos caen, liberados; juraría haberme puesto sujetador la última vez que salí de casa. Después de limpiarme el hombro con la camiseta me palpo un pezón y noto un resto pegajoso. Deduzco que es por el agua del canal en el que había caído antes, pero al olerme el dedo descubro el mismo olor dulzón y acre del pañuelo.

De pronto me parece escuchar unas voces discutiendo. Preguntan algo sobre una caída, pero no parecen transmitir preocupación; más bien ríen.

―¿Quién anda ahí? ―grito mirando a todas partes―. ¡Ayuda!
―¿Ves como no ha caído? ―retumba de forma tenue.

En ese momento se dispara mi memoria: la discusión con mis amigas. La salida enfurruñada de la discoteca. El viaje el metro. El grupo de jóvenes que habían empezado a molestarme. La huida. Mis gritos pidiendo clemencia. El forcejeo mientras las farolas cimbreaban.

Las piezas parecen encajar para mostrarme lo que parece un mal sueño. Las imágenes en mi cabeza vienen y van, distorsionadas, como si la realidad hubiera quedado atrás. Como si mi mente ya no se hallara en el mundo que me hizo nacer, sino que se hubiera trasladado a una dimensión distinta, exclusiva para mí. ¿Dónde quedaron mis últimos instantes de cordura? Me pregunto eso una y otra vez, pero al final acabo tomando las riendas de mi pensamiento y logro convencerme de los recuerdos no son más que una alucinación. Recuerdo entonces que había escuchado voces y grito otra vez:

―¡Ayuda!
―Un barranco hubiera sido mejor, tío ―suena una voz.

Esa voz es la que termina de encajar las piezas. «¿Te gusta?», empieza a retumbar dentro de mi cabeza pronunciada por esa voz. Una cara se dibuja con dificultad en mi mente; una cara y un gran revuelo alrededor: risas, gritos de ánimo, palmadas.

Mi cuerpo se tensa. Creo que se resiste a visitar otra vez ese recuerdo, que parece tan reciente. Entonces rememoro las piezas que faltaban para completar el rompecabezas: los manoseos, las embestidas, las humillaciones. Y ese olor dulce y acre.

Mis dientes se aprietan, mis puños se cierran y siento la sangre arder dentro de mis venas.

―¡Hijos de la grandísima puta! ―grito con todas mis fuerzas y emprendo la marcha hacia donde parece que se origina la voz.

Antes de escuchar alguna contestación siento un latigazo en el tobillo y algo peludo se encarama a mi pierna. Noto sus pequeñas garras aferrándose. A su chirrido penetrante le sigue un grito mío. Sacudo la pierna, sin conseguir resultados, y como un acto reflejo empiezo a retroceder a zancadas cada vez más grandes, a la par que nuestros chillidos aumentan en intensidad. Sólo cuando ya es inevitable escucho el ruido de una caída de agua. Mi pie trata de encontrar acomodo en el vacío y mi cuerpo se tuerce hacia atrás. Sin nada a lo que aferrarme, grito más fuerte que nunca. Mientras mi cuerpo completa una y otra vuelta consigo escuchar risas y vítores que retumban en aquellas paredes mugrientas.

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