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Autor: Rubén

Amanda en la ventana

Desde aquella ventana, Amanda veía el mundo bambolearse a izquierda y derecha sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Los pájaros volaban de forma errática, como si a su vuelo le acompañara un extraño vaivén que los hiciera retroceder y avanzar sin variar ni un milímetro el gesto de sus alas. Los árboles bailaban al unísono, siguiendo el ritmo de una melodía que ella no lograba escuchar. Las montañas que surgían en el horizonte se mecían; parecía que intentaran dormir a los poblados que albergaban en sus colinas, que no obstante siempre dejaban alguna luz encendida. Su vida se resumía en aquella estampa: una ventana y un mundo que escarceaba a través de ella.

Amanda estaba tan intrigada por aquel extraño vaivén que en una ocasión accedió a relacionarse con un hombre sólo por ver si él también se inclinaba a un lado y a otro. Pero no, el hombre se erguía hasta casi los dos metros de alto sin apenas combarse. De su experiencia con aquel hombre concluyó que las personas más altas debían tener peor carácter, a juzgar por la última conversación que mantuvieron:

―¿Estás loca? Lo que se mueve es tu casa. ¡Vives en una casa flotante!

Aquello fue suficiente para Amanda. Entre amar a aquel ser descortés e insolente y seguir viendo el mundo mecer sus formas eligió lo segundo. Nunca más volvería a ser infiel a aquel mundo que bailaba para ella.

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Paladar

Con las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, Pietr contemplaba embelesado aquella bola de queso curado. Le faltaba una porción, y la tabla de madera en la que se apoyaba estaba manchada de los mil alimentos que antes habrían pasado por ella. A pesar de los rudos trazos del lienzo, Pietr casi podía sentir el olor de aquel queso de cabra. Se sorprendió a sí mismo masticando aire con sutileza mientras sus papilas gustativas expelían saliva a raudales, y sólo vino a detener su degustación virtual cuando un tumulto se detuvo a su lado y uno de sus integrantes lo empujó por accidente. El involuntario agresor dijo algo en un idioma desconocido y acto seguido se afanó en tomar unas quince o dieciséis fotos de aquel cuadro antes de que el guía los dirigiera al siguiente lienzo.

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Lo lamento, señor ministro

Relato urgente para enfadar al lector
A Undargarín, Blesa, Rato y Cristina de Borbón,
con todo el amor que puede tenerles un hombre de a pie.

El ministro sintió en sus carnes la humillación de ser detenido en medio de la vía pública. Había docenas de curiosos mirando y un equipo de televisión que pasaba por allí por una puñetera casualidad y que ahora estaba grabando la primicia de su vida.El agente apretó las esposas con firmeza pero asegurándose de que no trillaran la piel ni presionaran la muñeca.

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El invierno de la esperanza

Samuel miraba con sus ojos de niño a través del ventanal sucio. Como era habitual, estaba viendo caer copos de nieve desde aquel cielo oscuro. De puntillas, asomado a los cristales, tamborileaba con los dedos mientras tarareaba aquella melodía que tantas veces había escuchado a su madre.

En su ensimismamiento ignoraba los ruidos de cacharros que provenían de la cocina. Reaccionó, sin embargo, a la primera llamada que escuchó de su madre. Abandonó el ventanal y se dirigió corriendo hacia Alicia.

―Dime, mamá.
―¿Ha pasado el señor que te dije?
―No. Todavía no.

Alicia suspiró. Puso una rejilla sobre los troncos, prendió un trozo de papel y lo arrojó a los trozos de madera, a los que las llamas envolvieron de inmediato, lo que llenó la estancia de un fuerte olor a gasolina. A continuación puso el caldero sobre la rejilla y miró de nuevo a su hijo.

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El caso de La corona contra los siete Millers

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte, pero Matthew Miller no tenía la paciencia necesaria para encontrarlo, así que raptó a aquel científico para que diera con una fórmula para clonarlo y poder consumar su propósito.

Durante años, el genetista Robert McArthur estuvo retenido en el sótano de una pequeña vivienda rural que Miller frecuentaba los fines de semana. Si no fuera porque estaba secuestrado, McArthur hubiera deseado trabajar en aquel ambiente rural toda su vida, lejos del estrés urbano y de la polución. Además, su secuestrador le proporcionaba los mejores alimentos, le conseguía todo el material que solicitaba y hasta le había asegurado un buen pago en metálico si conseguía clonarlo. Con ese dinero, McArthur calculó que podría jubilarse.

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La moción

—¡Orden! ¡¡¡Orden!!! —vociferó el presidente del Parlamento desde su asiento. Abrió enérgicamente sus puños dirigiéndolos hacia las dos enormes puertas de la Cámara, provocando que éstas se cerraran con violencia—. Se abre la sesión. Tiene la palabra el primer ministro.

El presidente del Parlamento era toda una institución. Poseía dos ojos saltones cubiertos por párpados arrugados, y una cabeza poblada por unos pocos pelos que se resistían a caerse. Tendía a sacar el labio inferior como signo de apatía, y, a juzgar por ello, podría decirse que el pobre hombre vivía hastiado las veinticuatro horas del día.

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Toda la eternidad

Cuando se reconocieron tras los disfraces de enfermera y de soldado corrieron a encontrarse. El abrazo fue tan poderoso que levantó polvo del suelo e hizo caer algunos cascotes de las ruinas adyacentes. Ella lo miraba con tanto afán que no reparó en la enorme cicatriz de su pómulo; él, absorto, hipnotizado por sus ojos vidriosos, ignoró la quemadura purulenta de su cuello.

―Prométeme que esta vez no te alejarás.

―No lo haré. Estaré junto a ti toda la eternidad.

Diez segundos permanecieron en aquel paraje ruinoso, justo el tiempo que tardó en caer la siguiente bomba. Después, y sabiendo que ya nadie podía robarle el uno al otro, siguieron juntos.

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La primera vez

Era la primera vez que se veían en esa barra, aunque Myriam nunca lo habría sospechado cuando se bajó de su Harley-Davidson del 86. Aprovechando que el sol ya empezaba a ocultarse tras el mar decidió descansar en aquella estación de servicio. Embriagada de velocidad, se prometió que la parada sería breve.

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Fabricando un escritor

De pequeño me gustaba dibujar. Creo que en esto no soy original.

Sobre todo dibujaba coches y carreteras. En la familia tenían claro que sería ingeniero. Luego descubrí los aviones y me lancé a dibujarlos también. Por entonces ya dibujaba a Mortadelo y Filemón. Nunca dibujé un cómic, no era capaz de crear un guión sensato, pero los dibujaba en situaciones cómicas. También, pero menos, a Mario y Luigi.

Con el tiempo descubrí que las palabras rimaban, y que así nacían los poemas. Y con 15 años escribí algunos. Puede que algún día decida publicarlos, aunque para eso antes tengo que encontrarlos.

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