La moción

—¡Orden! ¡¡¡Orden!!! —vociferó el presidente del Parlamento desde su asiento. Abrió enérgicamente sus puños dirigiéndolos hacia las dos enormes puertas de la Cámara, provocando que éstas se cerraran con violencia—. Se abre la sesión. Tiene la palabra el primer ministro.

El presidente del Parlamento era toda una institución. Poseía dos ojos saltones cubiertos por párpados arrugados, y una cabeza poblada por unos pocos pelos que se resistían a caerse. Tendía a sacar el labio inferior como signo de apatía, y, a juzgar por ello, podría decirse que el pobre hombre vivía hastiado las veinticuatro horas del día.
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Toda la eternidad

Cuando se reconocieron tras los disfraces de enfermera y de soldado corrieron a encontrarse. El abrazo fue tan poderoso que levantó polvo del suelo e hizo caer algunos cascotes de las ruinas adyacentes. Ella lo miraba con tanto afán que no reparó en la enorme cicatriz de su pómulo; él, absorto, hipnotizado por sus ojos vidriosos, ignoró la quemadura purulenta de su cuello.

―Prométeme que esta vez no te alejarás.

―No lo haré. Estaré junto a ti toda la eternidad.

Diez segundos permanecieron en aquel paraje ruinoso, justo el tiempo que tardó en caer la siguiente bomba. Después, y sabiendo que ya nadie podía robarle el uno al otro, siguieron juntos.