El pasado es un adiós
batido en la palma de una mano.
Se va alejando
mientras el presente se estremece
sobre las traviesas de la realidad.
Un aroma
se diluye en los pliegues de la lengua.
El hollín de madurez
se amalgama en los pulmones.
Una sombra se mezcla con la noche
de los sueños no nacidos.
Sus ojos me vigilan
en los vértices del tiempo.
Una grieta socava los cimientos del destino,
colapsa los intentos,
diluye pretensiones,
atomiza la esperanza en mil pavesas;
no queman
pero pican
cuando se posan, aún templadas
sobre la piel de algún recuerdo.