Sobresale un breve hilo negro por mi muñeca.
Aún no he aprendido a hacer fuego
para quemarlo
así que tiro de él.
El hilo va creciendo
a la vez que mi brazo se desmadeja.
Pero no duele;
solo siento el frío pinchar mi carne
a través de mis piernas
ya casi inexistentes.
El hilo se hace cada vez más largo
y más grueso.
Y quema las yemas de mis dedos.
Pero no puedo dejar de tirar.
Poco a poco se desmadeja mi estómago primero
después los pulmones
y luego el corazón.
El crujir de los pespuntes
sube por mi cuello,
retumba contra mi paladar,
deshace el tabique de mi nariz
y descose mis pupilas.
Y justo cuando empiezan a deshacerse
los pliegues
de mi cerebro
apareces,
me quitas el hilo de un manotazo
y poco a poco, con mimo,
vuelves a enhebrarme.