Hace tiempo que la lluvia escampó
y las calles tienen polvo de nuevo.
Por si fuera poco, debe haber huelga
el servicio de limpieza:
las manos siguen manchadas de sangre,
las fachadas tienen el rímel corrido
y en los contenedores se desborda el odio.
Hace tiempo que la lluvia escampó
y por las polvorientas lindes
vienen jaurías con sed
de una venganza hueca, virtual,
y con lentes podridas que disimulan
el color de la piel y de la lengua.
Por las esquinas arden ecos
cómodamente lejanos
con la llama lista y la pólvora en camino.
Hace tiempo que la lluvia escampó.
El calor ya se arde a sí mismo
y la tierra resbala hacia la arena
y a lo lejos, más allá de San Antonio,
de la plaza del alcalde, del molino de la ermita,
más allá de los invernaderos,
el viento, mientras busca la lluvia,
susurra con mesura el nombre de El Ejido
a quien quiera escucharle.
Hace tiempo que la lluvia escampó
en el cielo de Torre Pacheco.
Mientras vuelve, mantengo abierto el paraguas
para protegerme
de la mierda verbal que arrecia por momentos.